
Desde hace tiempo, el miedo se ha convertido en uno de los componentes más valiosos en la política, tanto para justificar decisiones como para movilizar a los ciudadanos. Fue Maquiavelo quien sostenía que para un gobernante era mejor ser temido que amado porque el vínculo del amor es frágil y se rompe a conveniencia, mientras que el temor se sustenta en un sentimiento mucho más poderoso. Otros muchos autores, como Hobbes y Montesquieu, también analizaron cómo los regímenes utilizan el miedo y el temor colectivo para asegurar la obediencia y sumisión de los individuos.
El miedo actúa, así, como una emoción tan primaria como universal que trata de articular y moldear las voluntades políticas en medio de sociedades repletas de temores, riesgos e incertidumbres. Todo ello lo comprendió a la perfección el régimen nazi en la Alemania del Tercer Reich para golpear a los contrarios, galvanizando a la población frente a los miedos y amenazas, al tiempo que justificaban medidas cada vez más extremas y terroríficas. De hecho, Goebbels convirtió el miedo en un pilar fundamental de su estrategia política convirtiendo a sus rivales, opositores, judíos y comunistas en una amenaza absoluta para la supervivencia de la nación alemana. Para ello, promovía campañas sistemáticas de deshumanización, utilizando contra estos enemigos frases y lemas cargados de desprecio e insultos para generar rechazo, con una simplificación de ofensas y mentiras constantes que llevaran a justificar acabar con todos ellos. ¿A que les suena?
Es así como gobiernos y partidos políticos utilizan el miedo como una poderosa arma electoral que emplean sistemáticamente para justificar decisiones, descalificar a los contrincantes o, directamente, para reclamar el voto. Hasta el punto de que muchas fuerzas políticas autoritarias han optado por construir una poderosa narrativa del miedo que suple a los trasnochados programas electorales que estos partidos ya ni se molestan en elaborar, sustituyendo la movilización electoral para el cambio y la transformación por impulsos emocionales alimentados por miedos y temores que empujen el voto a su favor. La ilusión se sustituye por miedo y las certezas por mentiras, como hemos visto en un buen número de elecciones que han traído a peligrosos dictadores lunáticos, como Trump, Milei, Bukele o como sucedió en el fracasado Brexit del que ahora tantos británicos se arrepienten. Los alemanes no tuvieron miedo a Hitler y así les fue.
Son muchos los miedos que alimentan las derechas extremas, propios del autoritarismo. Miedo a los inmigrantes que vienen a robar, miedo a las feministas que reivindican igualdad, miedo a quienes se manifiestan porque son peligrosos alborotadores, miedo a los pobres porque afean nuestras calles, miedo a los independentistas porque quieren romper España, miedo a quienes reivindican amar a quien quieren porque ponen en peligro principios religiosos, miedo a quienes reivindican una vivienda porque ponen en riesgo a los especuladores, miedo a que las mujeres decidan sobre su cuerpo porque así ya no dependen de los hombres, miedo a una información veraz porque no interesa la transparencia, miedo a los profesores porque enseñan a tener conciencia crítica, miedo a la cultura porque genera ciudadanos libres, miedo a la libertad porque cuestiona el autoritarismo, miedo a los opositores porque así se alejan sus posibilidades para que gobiernen.
Tampoco son menores los temores que las izquierdas tratan de agitar, vinculados a la pérdida de derechos. Miedo al recorte de libertades, miedo a reducir las pensiones, miedo a desmantelar el estado del bienestar, miedo al autoritarismo, miedo a que los sueldos se congelen, miedo a las privatizaciones, miedo a que los recursos públicos se trasladen a los poderosos, miedo a un mayor endurecimiento represivo y policial en las calles, miedo al militarismo y la guerra, miedo a la involución en derechos fundamentales, miedo a que los poderosos dicten las normas para tener un país a su antojo, miedo a que jueces y tribunales sigan haciendo política y decidiendo el futuro en función de sus caprichos ideológicos, miedo a que se arrinconen y persigan a los más vulnerables, miedo a la reivindicación del franquismo, miedo también a los opositores porque así se alejan sus posibilidades para que gobiernen.
En la era de la política espectáculo llena de frases lacerantes y memes crueles, de redes sociales inundadas por gritos estridentes alimentadas por el “clic” rápido y el “scroll” compulsivo, donde los “bots” falsos pagados por la extrema derecha chapotean en el fango, se busca alimentar emociones, construir miedos y despertar temores sobre los rivales, convertidos en peligrosos enemigos. Y las elecciones previstas para el 29 de noviembre van a estar repletas de miedos, amenazas y temores. De hecho, es la estrategia política que llevan alimentando el PP y Vox desde hace años, anunciando todo tipo de males, peligros y calamidades por los malvados bilduetarras que nos gobiernan.
El autoritarismo pretende construir miedos para ofrecerse como protector ante muchos de esos temores colectivos que él mismo ha fabricado. Pero el verdadero miedo del electorado es el temor a un futuro incierto, a la ausencia de expectativas, a la inseguridad del mañana.
Frente a los riesgos e incertidumbres que nos azotan, cada vez más personas reclaman seguridades y certezas porque aspiran a algo tan sencillo como es la esperanza ante el futuro. Y quien no puede ofrecer ilusión solo alimenta miedos.