
Cuando avanzamos hacia la recta final del plazo de quince años fijado por las Naciones Unidas y los 193 países que suscribieron la Agenda 2030 junto a los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), fijada en el año 2030, la profunda transformación del orden global tan precario que teníamos arroja un panorama sombrío sobre su cumplimiento. El avance del autoritarismo reaccionario, la inestabilidad global, junto a la quiebra del sistema multilateral proyectan un desorden generalizado que se suma a problemas imparables, como la crisis climática y la desigualdad mundial.
Por ello, no es casual que, según los últimos informes de las propias Naciones Unidas, solo están en vías de alcanzarse el 15 % de las 169 metas contenidas en los ODS, algo que en palabras de su secretario general, António Guterres, “puede convertirse en el epitafio de un mundo que podría haber sido”.
Desde que los ODS fueron aprobados se ha difundido demasiada propaganda hueca tratando de vender un mundo imposible, sin conocer la complejidad técnica y metodológica de una Agenda de esta naturaleza ni conocer las investigaciones científicas que han generado un conocimiento enormemente valioso. En esta línea, y como he avanzado en diferentes estudios, he tratado de identificar cuatro grandes debilidades que limitan desde su inicio las posibilidades de la Agenda 2030. En primer lugar, contar con un diagnóstico incorrecto sobre causas y consecuencias, al no abordar las raíces de las fracturas y desequilibrios planetarios sobre los que pretende intervenir. A su vez, tener una arquitectura metodológica que impulsa desajustes globales sustantivos, al tiempo que presentar graves problemas de medición efectiva que dificultan su seguimiento. Y, por último, contrariamente a lo que se cree, ni ser universales ni acabar en el año 2030.
Esta Agenda impulsa una visión sociocentrista del mundo apoyada en importantes crecimientos económicos ilusorios, del todo punto imposibles, basados en el consumo intensivo de combustibles fósiles que bombean riqueza acumulada a muy pocas personas a tal velocidad que alimentan importantes procesos de desigualdad. Sin olvidar su responsabilidad sobre la grave crisis climática que vivimos, sin precedentes en siglos anteriores, algo que no contemplan adecuadamente los ODS.
Tengamos en cuenta que el uso masivo de combustibles fósiles tiene una responsabilidad decisiva en el impulso de la desigualdad, uno de los grandes problemas globales. Desde los llamados “países del Sur” se genera en torno a un 80 % de la riqueza mundial a través de su trabajo y sus recursos naturales, entre los que destacan los combustibles fósiles, recibiendo únicamente el 5 % de los beneficios económicos, que suelen dirigirse a corporaciones y grandes inversores de países occidentales.
La Agenda 2030, diseñada antes de 2015, no tuvo en cuenta que en la actualidad no tenemos que gestionar una única crisis, sino lo que el investigador Adam Tooze, profesor de la Universidad de Columbia, denomina “policrisis”, múltiples perturbaciones globales que se entrelazan de manera que la suma de sus efectos proyecta riesgos gigantescos y amenazas mundiales que no pueden abordarse de manera aislada ante los problemas de escala que plantean. La policrisis no son únicamente perturbaciones globales interrelacionadas, sino que el conjunto es todavía más peligroso que la suma de las partes debido a que es el resultado de una acumulación de situaciones críticas de carácter mundial. Nada de esto se recoge en la Agenda 2030, incapaz de concebir la multiplicidad de situaciones críticas tan profundas que afronta en estos momentos la humanidad.
Por si fuera poco, la extrema derecha global ha situado esta Agenda 2030 en el centro de sus odios y negacionismos, difundiendo todo tipo de teorías conspiranoicas mediante informaciones falsas y burdos mensajes engañosos que extienden el odio, la desinformación y el malestar social, al tiempo que desprecian el conocimiento científico y a los investigadores. La difusión de este negacionismo impulsa un rechazo hacia la ciencia que alimenta la desconfianza hacia instituciones internacionales y gobiernos, como promueven las fuerzas autoritarias, mediante campañas de desprestigio perfectamente articuladas a nivel mundial contra acuerdos multilaterales de gran importancia que inciden sobre algunos de los problemas más destacados que tiene la humanidad, como la crisis climática, el hambre, la pobreza, la desigualdad, la conservación de nuestra biosfera o los derechos humanos.
La Agenda 2030 y sus ODS representan un deseo utópico de convivencia, respeto y justicia universal compartida para toda la humanidad, con todos los obstáculos, críticas y limitaciones que queramos. Por eso, precisamente, defender un futuro de esperanza para todos en el marco de instituciones mundiales como las Naciones Unidas que esta Agenda simboliza es capital para avanzar sobre las bases de una paz y prosperidad compartidas.
Precisamente por ello, se está trabajando activamente para impulsar una nueva agenda mundial que, sobre la base de las limitaciones y problemas identificados en la Agenda 2030, inspire un nuevo marco para el desarrollo global, situando el siguiente horizonte colectivo en el año 2050.
Si bien el escenario sobre el que avanza la Agenda 2030 es inquietante, la humanidad no puede renunciar a construir el mundo mejor que estas agendas utópicas representan.