Pobreza con mayúsculas

Los pobres asustan, dan miedo, se les quiere tener cuanto más lejos, mejor. Sucede a nivel internacional y en nuestras propias ciudades y barrios en los que sabemos que hay numerosas personas que sufren situaciones extremas de privación, malviviendo como pueden, luchando con dignidad por salir adelante en un mundo de opulencia y desigualdades descomunales que nos cuestan, incluso, concebir.

Por eso nuestros políticos tratan de ignorarlos y evitarlos, salvo en campañas electorales en las que siempre añaden a su álbum de fotos alguna imagen con alguno de ellos, preferentemente niños, buscando que aparezcan, eso sí, dóciles y sonrientes, agradecidos de recibir las sobras para comer. Lo mencionaba con acierto el prestigioso periodista estadounidense David Rieff en su reconocido libro “Una cama por una noche: el humanitarismo en crisis”, al explicar que a quienes más les gusta fotografiarse con niños son a los dictadores, a los políticos y a los que reparten ayuda.

Como nos asusta saber que cerca de nosotros hay pobres, tratamos de evitar nombrarlos, habiendo creado una colección maravillosa de eufemismos altamente tecnificados que nos evitan llamar a las cosas por su nombre y reconocer nuestro gigantesco fracaso. En lugar de hablar de personas que viven rebuscando en la basura, de recoger las sobras de comida, que están desesperados y sin horizonte, o que les condenamos a malvivir en los márgenes de la sociedad, preferimos hablar de “personas de difícil empleabilidad”, de “colectivos en riesgo de exclusión social”, de “sectores vulnerables”, de grupos con “falta de competitividad” o de “escaso capital relacional”. Todo menos poner rostro, nombres y conocer el sufrimiento que hay detrás de cada una de esas personas.

El ya fallecido arzobispo de Brasil Hélder Câmara, a quien se intentó asesinar en repetidas ocasiones por defender a los más marginados, afirmó con acierto: “Cuando alimento a los pobres me llaman santo, pero cuando pregunto por qué hay pobres me llaman comunista”, esa palabra que ahora utilizan (con descarada ignorancia) algunos de la extrema derecha y la derecha extrema para meter una bala descalificatoria contra sus oponentes. Por eso gustan tanto a los políticos esas entidades que dan comida sin rechistar, sin levantar la voz ante tanto dolor, sin preguntarse cómo hemos podido llegar a este punto de ver con normalidad que un tercio de la población viva en situación de pobreza y privación extrema.

Jóvenes sin expectativas laborales, minorías étnicas empobrecidas, parados de larga duración que han agotado todas las ayudas y sus escasos ahorros, mujeres con cargas familiares y sin ingresos, trabajadores que trapichean en la economía sumergida para sobrevivir, jubilados que ayudan a hijos y nietos sin tener, apenas, para comer. La lista es larga y en los opulentos países occidentales convivimos con todos ellos como un tributo necesario para que la economía avance. Eso sí, una economía muy digital y muy sostenible, pero incapaz de facilitar los medios esenciales de vida a cada vez más personas.

Lo más llamativo es que desde instituciones internacionales, universidades y centros de investigación de todo el mundo no se deja de dar la voz de alarma por la gigantesca brecha abierta entre ricos y pobres en el mundo, la más grande, profunda y descomunal que nunca ha visto la humanidad, y sus graves consecuencias.

Empobrecimiento e insostenibilidad ecológica van de la mano, poniendo en riesgo la convivencia y la estabilidad en numerosos países, sin que parezca preocupar a muchos de nuestros gobernantes, que ajenos a la situación, siguen bailando y descorchando botellas mientras el barco se hunde lentamente, como sucedió en el Titanic, tras chocar contra el iceberg. Y al igual que sucedió en este transatlántico de lujo, solo hay chalecos salvavidas para los pasajeros de primera clase.

No son peligrosos comunistas, sino, por ejemplo, el mismísimo FMI el que está llamando la atención sobre estos problemas. Así, este organismo financiero internacional acaba de publicar un informe en el que propone que los países desplieguen estrategias firmes de reducción de la pobreza, incluso por egoísmo, para garantizar su crecimiento económico. El razonamiento es claro: enriquecer más a los ricos contrae la economía, el empleo y el consumo, mientras que, al elevar el ingreso sobre los pobres y las clases medias estos segmentos de la sociedad aumentan el consumo para mejorar su situación, elevando la demanda y dando un impulso al crecimiento agregado que repercute en una mejora de la economía. Dicho de otra forma, lo que el FMI plantea es muy sencillo: incluso por puro egoísmo, para permitir que las economías avancen es necesario reducir la pobreza y la desigualdad para que, con ello, aumenten sus ingresos directos e indirectos, en lugar de seguir engordando las fortunas particulares de quienes más tienen, como se viene haciendo. Puro pragmatismo.

Pero no todos lo entienden de la misma manera, como sucede con el gobierno municipal del PP y Ciudadanos de Alicante en su cruzada contra los pobres. Cada vez que pueden desplegar medidas que reduzcan la pobreza y la exclusión en los barrios y sectores más desfavorecidos, hacen todo lo contrario, como queriendo dejar patente su desprecio hacia estas personas, de las que, recordemos, toda una concejala de Acción Social dijo que ladraban. Con lo fácil que es llamarles POBRES, con mayúsculas.

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