Dilemas humanitarios en la guerra de Ucrania

La guerra que está teniendo lugar en Ucrania, tras la invasión realizada por el ejercito ruso, está planteando importantes tensiones y dilemas, no solo en el plano militar, estratégico y político, sino de una manera muy particular en el plano humanitario. Todo parece indicar que la operación corta y enérgica que planteaba Rusia, con una victoria apabullante y un control sobre todo el territorio de Ucrania, se ha convertido en una sucesión de fracasos y de sangrientas batallas, con un coste altísimo para el ejército ruso, tanto en términos de vidas humanas como de equipos militares, cuyo máximo exponente ha sido la pérdida de doce altos generales en el escenario de guerra abatidos por las tropas ucranianas.

Todo ello ha sido posible gracias al abastecimiento masivo de material militar, suministros, munición, recursos y sobre todo inteligencia por parte de los países occidentales y de la propia OTAN, en unos niveles nunca vistos en una guerra de esta naturaleza. Hasta el punto de que se habla de lo que se denomina, técnicamente, como una “guerra proxy”, aquellos combates de un estado contra otro en el que, además de sus fuerzas militares, se utilizan fuerzas de otro país, bien sea a través de soldados, milicias, equipos o combatientes de distinta naturaleza. Pero también Rusia está recurriendo a ello, en la medida en que ha necesitado contar con los sangrientos mercenarios de Wagner, voluntarios chechenos, fuerzas daguestaníes, soldados cosacos y bielorrusos, junto a milicianos de Siria, entre otras fuerzas que están ahora mismo sobre el terreno protagonizando los combates.

Ahora bien, el encarnizamiento militar que se está produciendo, especialmente en el este y el sur de Ucrania, acompañado de la intensificación de las hostilidades está planteando la posibilidad de una guerra larga, sin un plan de paz a la vista y con un nivel de destrucción acompañado de un coste humanitario muy elevado.

Hablamos de cerca de diez millones de desplazados internos, a los que hay que sumar otros seis millones de refugiados que han buscado protección en diferentes países, el éxodo de refugiados más rápido desde la Segunda Guerra Mundial, según los informes de ACNUR. Todo ello sin que se detengan los bombardeos sobre ciudades y núcleos urbanos, que afectan a reservas energéticas, instalaciones industriales, centros de abastecimiento de bienes esenciales, redes de suministro de energía, hospitales, escuelas y todo tipo de infraestructuras básicas.

La crisis y las necesidades humanitarias de la población han disparado los niveles de solidaridad, tanto de los gobiernos y de la sociedad, como de las organizaciones humanitarias. Hasta el punto de que el llamamiento urgente para Ucrania hecho por la ONU ha sido de los más grandes, rápidos y generosos en la historia de esta organización. Incluso en países como Reino Unido, la captación pública de ayuda realizado por el Comité de Emergencia para Desastres ha recibido la mayor aportación de fondos nunca vista, algo que está sucediendo en otros países.

Ahora bien, la situación es de tal complejidad que también está planteando dilemas, tensiones y problemas humanitarios novedosos de una gran complejidad, nada sencillos de resolver. Así lo vienen reconociendo organizaciones y centros de investigación internacionales, como el Humanitarian Policy Group (HPG), uno de los equipos de investigación y comunicación más importantes del mundo en asuntos humanitarios.

En las primeras respuestas ofrecidas a la población afectada han intervenido dinámicas, muchas veces espontáneas, que avanzaban sobre elementos distintos y, a veces, contradictorios. No es lo mismo la solidaridad basada en la respuesta desarticulada de la sociedad civil, que la ayuda canalizada a través de organizaciones especializadas y fuertemente ancladas en los grupos locales. En el mismo sentido, han existido diferentes tradiciones humanitarias, una de las cuales sostiene la necesidad de una neutralidad al margen de cualquier valoración del conflicto, frente a otra que afirma que debe ofrecerse un humanitarismo de resistencia que, al mismo tiempo, denuncie y rechace abiertamente las atrocidades contra la población civil. En todo conflicto en el que intervienen dos estados que combaten en direcciones opuestas, la apelación a la neutralidad no parece que mejore necesariamente la capacidad de respuesta. Por ello resulta difícil argumentar esta neutralidad e independencia desde países y organizaciones que, mientras hacen llegar su ayuda humanitaria, inyectan millones de euros en armamento y material militar, algo que condiciona y determina las zonas y poblaciones a las que se ayuda. Nunca se ha vivido con tanta crudeza esta enorme contradicción.

Es por ello por lo que empiezan a surgir voces que piden que cambie la manera de articular esta ayuda humanitaria, canalizándola a través de grupos de ayuda mutua a pequeña escala en las zonas afectadas por la guerra. Algo que, además, cambiaría algunos de los condicionantes que ponen los donantes occidentales en la asistencia que suministran, como la posibilidad de dar ayuda a la población afectada en áreas bajo control ruso.

Sin lugar a duda, también a nivel humanitario, esta guerra debe llevarnos a reflexionar sobre aspectos clave como la narrativa que utilizamos, los sistemas de donación y captación de recursos, las vías y formas de canalización, los procedimientos de coordinación humanitaria, así como los modelos operativos y los nuevos medios tecnológicos disponibles. Sin olvidar nunca las necesidades de la población que sufre.

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