Hacer las paces con nuestras ciudades

Las Navidades son unas fechas especiales en las que todos salimos a las calles de nuestras ciudades a disfrutar con los nuestros de esa energía que encontramos en el espacio público. En pocos momentos del año recorremos, paseamos y disfrutamos con tanta intensidad de nuestros barrios y calles, que rebosan de esa alegría que transmiten las personas cuando comparten con otros momentos de satisfacción. Y es que, ¿para qué vivir en ciudades si no somos capaces de hacerlas habitables, accesibles y saludables para quienes en ellas residen?

Las calles son el espacio central de las urbes, los circuitos nerviosos que conectan la vida y transmiten los estímulos sociales. Como espacios públicos que son, las calles son las vías de comunicación por excelencia, lugares de paseo y ocio, ejes que albergan el comercio que satisface nuestras necesidades materiales de proximidad. Pero también son articuladores de encuentro y sociabilidad, necesarios para nuestra salud física y emocional, donde salimos al encuentro de los demás y al disfrute de la vida mediante el esparcimiento, el juego, las relaciones, el descubrimiento o las compras, visitando los comercios y establecimientos locales. No es casual que tantas veces necesitemos salir a la calle, aunque solo sea a dar un paseo y sentirnos mejor.

Pero las calles son también los lugares por los que transita el tráfico de vehículos a motor, bicis y patinetes, que acogen las plazas de aparcamiento, que contienen las aceras para los peatones, embellecidas con árboles, jardineras y zonas verdes, que cuentan con asfaltado y pavimentación, bajo las que discurren las canalizaciones de agua, gas, electricidad y fibra óptica, sobre las que se otorgan licencias para su ocupación o para actividades lúdicas y recreativas, donde celebramos fiestas y actividades deportivas, flanqueadas por comercios y edificios. Por ello son espacios que necesitan de especiales cuidados, como una continuada limpieza y un esmerado mantenimiento.

Las decisiones políticas sobre el planeamiento urbano han dado, con demasiada frecuencia, más relevancia a los edificios que a las calles, relegadas al servicio del parque de vehículos, convertidos en reyes de la movilidad urbana por encima de las personas.

Pero la ecuación es muy sencilla: a más proximidad, menos consumo de energía, por lo que avanzar hacia metrópolis más accesibles y mucho más cercanas significa conseguir ciudades más sostenibles, más ecológicas, más respetuosas social y ambientalmente. De manera que una de las claves para impulsar la vitalidad urbana y mejorar nuestra calidad de vida pasa por intervenir a fondo sobre la movilidad, dejando de concebir las calles céntricas como lugares privilegiados para y por el tráfico de vehículos, en las que coches, motos, camiones y furgonetas son los reyes.

Es en lo que están trabajando un buen número de municipios en todo el mundo, reduciendo la cantidad de coches de sus calles nucleares para devolverlas a las personas, en un proceso que se ha denominado “desautoxicar”, alimentado por muchas motivaciones: desde mejorar el aire y mitigar la contaminación, hasta reducir la siniestralidad vial y aumentar la tranquilidad para niños y personas mayores, sin olvidar la mejora de valores ambientales en los espacios urbanos.

Ahora bien, trabajar por recuperar la diversidad de funciones económicas, sociales y culturales de las calles en las ciudades pasa, entre otras muchas variables, por impedir zonas con una sola función, mezclando usos económicos y productivos, residenciales y habitacionales, dotacionales y en equipamientos. Tenemos demasiados ejemplos de barrios degradados al convertirse en espacios monotemáticos dedicados al ocio nocturno o de calles que se han vuelto un infierno para sus vecinos al ser lugares invadidos por las terrazas hasta altas horas de la madrugada, por poner algunos ejemplos bien conocidos.

Al recuperar las calles, entendiendo su papel como espacio central para la vida de las personas en nuestras localidades, las estamos dotando de una mayor riqueza cultural, social y económica, facilitando las interacciones personales y su autonomía en los desplazamientos cotidianos. A su vez, mejoramos el medio ambiente urbano, reduciendo una parte importante de sus elementos contaminantes procedentes de los vehículos. Por ahí avanzan las llamadas Zonas de Bajas Emisiones, si bien existe un alto grado de indeterminación en cuanto a su regulación e implantación.

No estamos defendiendo ninguna herejía porque es lo que hacen ayuntamientos en la mayor parte de nuestras ciudades por estas fechas navideñas, cortando al tráfico vías centrales, peatonalizando calles e impidiendo el acceso de los vehículos para que sean tomadas por las personas que salen a pasear por ellas, reforzando el transporte público y poniendo líneas de transporte especial, favoreciendo los desplazamientos a pie y en transportes colectivos frente a los vehículos privados.

Lo que, por ejemplo, es posible en Navidades debería de convertirse en el horizonte hacia el que reconducir la vida en partes centrales de nuestras ciudades a la vista de las enormes ventajas que aporta en nuestra calidad de vida. Se trata, en definitiva, de hacer las paces con nuestras ciudades y de recuperar nuestras calles como seña de identidad de un modelo urbano que ponga en valor lo que han sido siempre las ciudades mediterráneas, espacios agradables para la vida, el encuentro y la convivencia.

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