La paradoja de la hiperpolítica

La política contemporánea se mueve bajo coordenadas altamente contradictorias que dificultan enormemente su comprensión. Para muchos, existe una notable desconfianza sobre una política que ven lejana y distante de los problemas más urgentes, hasta el punto de que, como reflejan datos recientes del CIS del año 2024, el 42,1 % de la población española afirma tener poco o ningún interés hacia la política, una cifra que se eleva hasta el 46 % en el caso de los jóvenes, cuatro puntos por encima de la media nacional. A su vez, a la luz de los datos del Eurobarómetro, el 30 % de los ciudadanos europeos quieren que sus gobiernos incorporen aportaciones y propuestas surgidas de la población, reclamando un aumento de los procesos de consulta y participación ciudadana.

Lo cierto es que fuera de los procesos electorales en que los partidos reclaman el voto y se dirigen a los ciudadanos, hay serias dificultades para establecer una vinculación continuada con la cosa pública en todos los niveles de las administraciones. Bien es cierto, en honor a la verdad, que las fuerzas de izquierda son siempre más favorables a ello, mientras que los partidos y gobiernos de derecha son mucho más refractarios, llegando a despreciar (cuando no criminalizar) numerosas actividades movilizadoras y de participación ciudadana que se llevan a cabo para impulsar mejoras y cambios políticos. Ahí tenemos a profesores y otros colectivos movilizados en numerosas regiones para exigir algo tan sencillo como es reunirse con los responsables públicos, sin dejar en comunidades como la de Madrid de ser apaleados por la policía y soportar todo tipo de insultos, desprecios y descalificaciones por su presidenta madrileña, por poner uno de los muchos ejemplos que podemos señalar. Hasta el punto de que es muy habitual que desde los gobiernos del PP se reproche a colectivos y asociaciones que se quieran meter en política, como si lo consideraran un espacio vedado y exclusivo para ellos y los suyos.

Por el contrario, empiezan a surgir voces que llaman la atención sobre todo lo contrario, de haber entrado en una era de la hiperpolítica, aunque eso sí, repleta de contradicciones. Uno de los pensadores más brillantes en la materia es Anton Jäger, profesor de Historia de las Ideas Políticas y Teoría Política en la Universidad de Oxford, colaborador habitual de periódicos como el New York Times y autor del sugerente libro: “Hiperpolítica: politización extrema sin consecuencias políticas”, (Verso Books, 2026). El autor desarrolla y teoriza sobre el concepto de “hiperpolítica”, con un vigoroso marco teórico y social alimentado con un buen número de autores clásicos y contemporáneos, pero enmarcado en la realidad actual. Para el autor, se ha avanzado hacia una ultrapolitización de la sociedad a través de las actividades diarias más cotidianas de la gente, con una creciente movilización que no se traduce en cambios institucionales decisivos.

El autor analiza con detalle el paso de la política de masas de principios del siglo XX a la pospolítica, que llegaría hasta la gran crisis financiera global de 2008 con lo que autores como Ludolfo Paramio, quien fue profesor mío en la Universidad Complutense, denominaron como “la utopía hecha pedazos” a través de la generalización de las políticas de austeridad. Posteriormente, seguiría un fuerte movimiento de antipolítica y desinterés que llegaría hasta el estallido de la pandemia de covid-19, con un rechazo a las formas e instituciones tradicionales, para adentrarnos desde entonces en la hiperpolítica, con un fuerte proceso de politización en la vida pública y a través de las redes sociales, pero con una muy escasa traducción en cambios institucionales.

El movimiento de los indignados, las primaveras árabes, los chalecos amarillos, las protestas contra el asesinato de George Floyd y más recientemente en España las acampadas tras el desahucio de Mari Carmen por la vivienda serían algunas de esas movilizaciones altamente politizadas que se han vivido recientemente.

La hiperpolítica se nutre, también, de la alta intensidad emocional en la que se desenvuelve actualmente el debate político y la ruptura de respetos y principios institucionales básicos por la derecha extrema en muchos países, y también en España de la mano del PP y Vox.

Ahora bien, asistiríamos a una cierta paradoja, ya que la antipolítica estaría generando importantes movilizaciones que parecerían romper con la apatía y el desinterés, impulsadas por las redes sociales y las convocatorias espontáneas, si bien no están consiguiendo cambiar las relaciones de poder político y económico de manera sustancial. Todo ello dificulta una capacidad transformadora que se traduzca en cambios políticos duraderos. Un ejemplo de ello serían los chalecos amarillos en Francia, con un profundo impacto en la sociedad pero con un legado transformador muy reducido.

La hiperpolítica se nutre de la decepción y del enojo, que es explotado algorítmicamente a través de redes sociales interesadas que se alimentan de ello. Ahí tenemos las oscuras movilizaciones de Blocus, que parecen ser movidas de manera deliberada por sectores que, por encima de todo, buscan el caos como único propósito, sin reclamar un atisbo de cambio, mejora o transformación. Por ello es tan importante que la sociedad pueda canalizar su energía política hacia la transformación, en lugar de convertirla en pura melancolía.

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