Sobrevivir en tiempos sombríos

Sabíamos que la vida no era una aventura sencilla, ni mucho menos, pero últimamente tenemos una extraña sensación. Encadenamos un día tras otro con el vértigo de comprobar que todos los puntos cardinales que delimitaban el mundo han desaparecido, como si ese mínimo común denominador que hacían posible la vida, la decencia, el respeto, la tolerancia y nuestra preocupación hacia los demás se hubiera desintegrado, habiendo sido sustituidos por la violencia, la inmoralidad, el odio, la infamia y el deseo de atropellar, humillar y eliminar a los que son distintos.

Miremos donde miremos, la arrogancia, un desacomplejado autoritarismo y el odio parecen imponerse, arrinconándonos a todos aquellos que no queremos aceptar este lenguaje. Y es que avanzamos sobre una gigantesca descomposición global que, como si camináramos sobre el hielo, se resquebraja bajo nuestros pies, proyectando tiempos muy sombríos. El mundo y las miradas para interpretarlo están cambiando de manera vertiginosa, pasando a convivir con el riesgo y la barbarie, la violencia y la ruptura de normas básicas que, como sucede con el derecho internacional y la diplomacia, se han convertido en chatarra.

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Dato, relato y maldad

Los datos y el relato que la extrema derecha pregona machaconamente con entusiasmo en España, defendiendo como ejemplos de su ansiada gestión a gobiernos autoritarios y bárbaros como los de Trump en Estados Unidos o Miley en Argentina, tienen altas dosis de maldad al ocultar las barbaridades que estos gobernantes impulsan y que estos líderes hispanos apoyan sin miramientos.

Son tantas las ocasiones en que la extrema derecha de Vox y la derecha extrema del PP acusan a Pedro Sánchez y a su ejecutivo de tantos disparates que sus adjetivos han acabado por vaciarse de significado. Porque si quieren encontrar ejemplos de gobiernos a los que poder dirigir sus dardos envenenados repletos de maldad solo tienen que mirar a sus amigos del gobierno estadounidense de Donald Trump donde encontrarán muchas de las acusaciones que hacen a este ejecutivo y a sus socios.

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Aranceles provocadores

Es difícil seguir el hilo conductor de lo que está sucediendo en Estados Unidos desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca, en su segundo mandato. Se cuentan por centenares los decretos y órdenes presidenciales firmados desde el despacho oval y en otros lugares tan extravagantes como el Air Force One, siempre bajo la atención de los medios y decenas de comunicadores que los difunden de inmediato por las redes sociales. Seguramente ese es uno de los objetivos fundamentales de este espectáculo, acaparar la atención mundial, como cuando el matón del colegio amenaza en el recreo y en voz alta a sus víctimas, para que todos sepan lo fuerte que es y le tengan miedo.

De lo que no hay duda es que desde el minuto cero, el nuevo presidente ha colocado la guerra arancelaria como una de las armas preferidas de su provocadora política exterior hacia vecinos, rivales, aliados y socios. No en vano, en ese torbellino de disparates que fue su discurso de toma de posesión, declaró de manera precisa: “Comenzaré inmediatamente la revisión de nuestro sistema comercial para proteger a los trabajadores y las familias estadounidenses. En lugar de gravar a nuestros ciudadanos para enriquecer a otros países, habrá aranceles y gravámenes para los países extranjeros para enriquecer a nuestros ciudadanos”.

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La era de la impostura

En la magnífica película de Nicholas Ray “Johnny Guitar”, el protagonista, encarnado por Sterling Hayden, pide a Vienna, su amor, interpretada magistralmente por Joan Crawford en una escena que ha pasado a la historia del cine, que le mienta y le diga que le quiere. Vienna afirma que le quiere y continúa repitiendo todas las frases mentirosas que pronuncia Johnny. Cinismo y amargura, engaño consentido. De la misma forma, cada vez con más frecuencia escuchamos lo que queremos oír sin detenernos en saber si es cierto ni aceptar que nadie pueda defender algo que nos saque de nuestras convicciones, aunque sean falsedades descomunales.

Y es que la mentira, el bulo, la impostura cotizan al alza en esta era de odios, negacionismos y conspiraciones que, con el nuevo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca, se están convirtiendo en la argamasa de su gobierno. Lo pudimos comprobar en ese mitin surrealista que dio tras su toma de posesión, jaleado allí por los asistentes y por los seguidores que se reunieron en el estadio Capital One Arena, de Washington. En un discurso habitualmente tan solemne como histórico, medios como la CNN encontraron más de veinte afirmaciones falsas, junto a innumerables amenazas, desplantes, descalificaciones e insultos. Pero para Trump forman parte del andamiaje sobre el que se sustentan sus políticas, las señas de identidad de esa extrema derecha global que encuentra, en el primer presidente condenado por 34 delitos graves, su líder patriarcal.

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Más Noruega

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Hace pocos días, el zafio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmaba desear que llegaran hasta su país inmigrantes procedentes de Noruega en lugar de los que proceden desde países a los que denominó como “agujeros de mierda”. Es muy difícil encontrar en la historia reciente de las relaciones internacionales unas valoraciones públicas tan insultantes sobre terceros países, si bien también es cierto que hace tiempo que Trump sobrepasó todas las líneas rojas del respeto y del saber estar que deben exigirse a un mandatario internacional. Además de dejar constancia de los lamentables niveles de educación y respeto que tiene quien preside el país más poderosos del mundo, el mandatario estadounidense demostró desconocer por completo las dinámicas y procesos que estimulan los procesos migratorios. Claro que posiblemente lo que hizo fue sincerarse, al expresar su deseo de que a los Estados Unidos lleguen únicamente personas de piel muy blanca, rubios, altos y con los ojos azules.

Pero me temo que los deseos de Donald Trump no van a tener mucho eco entre los noruegos. No entra dentro de lo previsible que personas que viven en uno de los países con mayor desarrollo económico y social del mundo, con los más amplios niveles de prestación de servicios públicos y bienestar, con los más altos niveles de igualdad, comunitarismo, conciencia cívica y ética pública quieran dejar su país para irse a vivir a Estados Unidos, con uno de los más bajos niveles de protección social y cobertura médica entre los países occidentales, con mayores tasas de asesinatos y propensión a morir tiroteados, con mayores niveles de desigualdad y con menor presencia de mujeres en la vida pública. Nadie emigra para empeorar sus condiciones de vida y esa percepción ha sido, históricamente, uno de los motores esenciales de las migraciones a lo largo de la historia.

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