La descomposición de la humanidad

En muy poco tiempo, la humanidad se ha adentrado en un tenebroso abismo en el que estamos perdiendo a toda velocidad los valores y referencias morales básicas y de respeto que de manera extraordinariamente precaria sostenían nuestra convivencia. Y no se trata, únicamente, del desacomplejado grupo de salvajes, liderado por Donald Trump, instalado en la Casa Blanca, que se han propuesto desatar los instintos violentos más feroces de la sociedad mediante la violencia armada y las amenazas, para imponer su proyecto imperial.

Se trata, también, de la propagación de ese ideario venenoso de autoritarismo reaccionario que se extiende por el mundo basado en acciones y políticas inhumanas contra los más débiles y vulnerables frente a la defensa abierta de los intereses de los más poderosos, presumiendo de utilizar la fuerza, de criminalizar, estigmatizar y deshumanizar a los que se consideran como inferiores, residuos sociales que no pueden interponerse en el proyecto autoritario que impulsan estos dirigentes posdemocráticos.

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Cuando el mundo se descompone

Resulta muy difícil encontrar un momento de la historia reciente en el que se haya vivido el vértigo de un proceso de descomposición tan acelerada en países y en regiones enteras, en el que parezca que el mundo se haya vuelto loco al proponerse demoler los cimientos básicos de la convivencia que con tanto esfuerzo y sufrimiento hemos levantado, a duras penas, en los últimos siglos.

Convertir en presidente de todo un país a alguien, con pinta de enajenado, que empuña una motosierra y pregona a los cuatro vientos su desprecio infinito por el mismo Estado al que se propone demoler y que se supone preside, es la gran metáfora de los tiempos que vivimos. Cualquier barbaridad inimaginable parece actualmente posible entre quienes llegan a las más altas responsabilidades de la política en el mundo, convirtiendo las reglas básicas de eso que hemos llamado democracia en papel higiénico. Y lo que es peor, alimentando una ferocidad social que está removiendo los instintos colectivos más primarios. Y como con las malas digestiones, cuando se remueven las tripas de las personas, nada bueno sale de ahí, algo que ya hemos vivido en otros momentos con espanto.

Fue Antonio Gramsci quien habló del pesimismo de la razón frente al optimismo de la voluntad, al referirse a la necesidad de cambiar la realidad con la acción, pero la verdad es que no sabemos bien por dónde empezar a desenmarañar este gigantesco galimatías contemporáneo en el que estamos metidos y que no comprendemos, por mucho que lo intentemos. Lo cierto es que, frente a un proyecto de convivencia más o menos democrático en el marco de un multilateralismo básicamente respetado en el que vivíamos, hemos pasado rápidamente a la reivindicación de autoritarismos salvajes que no se atienen más que al egoísmo particular de los gobernantes, como estamos viendo en cada vez más países.

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