Una ciudad a la espera

La salud y las epidemias han estado unidas a las ciudades, impulsando más cambios y transformaciones de las que pensamos. El higienismo, la creación de espacios saludables, evitar la propagación de enfermedades infecciosas, utilizar materiales limpios, junto a favorecer la ventilación y el saneamiento han sido ideas que han avanzado en el diseño y la construcción de nuestras ciudades contemporáneas, imponiéndose en mayor o menor medida en todas ellas. Hasta el punto, que el urbanismo ha tomado muchas de las ideas que desde los profesionales sanitarios se han formulado hace tiempo para conseguir que nuestras ciudades sean, también, lugares en los que hacer una vida más sana.

            Así, en diferentes lugares del mundo hay en estos momentos diferentes iniciativas para repensar nuestras urbes, en coincidencia con la pandemia de covid-19, que están generando experimentos urbanísticos de una cierta envergadura, obligando a reflexionar en profundidad sobre el papel y el significado de las ciudades contemporáneas del postcoronavirus, un debate que presenta, sin duda, numerosas aristas. La densidad urbanística, la movilidad, el acceso a servicios esenciales, la sostenibilidad y la buena vida o la reducción de las desigualdades son algunos de los complejos dilemas sobre los que se han abierto reflexiones de una enorme profundidad, que afectan a todas las ciudades.

            Hay quien sostiene que estamos ante una buena oportunidad para reducir la densidad urbana mediante intervenciones que creen espacios autosuficientes en distancias cortas que permitan dar satisfacción a todas las necesidades ciudadanas, como “la ciudad de los 15 minutos”, mientras que otros urbanistas defienden la concentración de servicios esenciales para el mayor volumen de población posible. Al mismo tiempo, la movilidad y el transporte se han visto seriamente afectadas, tanto por motivos sanitarios como económicos, abriéndose paso con fuerza el uso de la bicicleta y de los patinetes eléctricos que han venido para quedarse. De la misma forma, la demanda de ciudades más ecológicas que avancen hacia la descarbonización y reduzcan con fuerza el uso de medios contaminantes, para implantar más zonas verdes y paseables para los ciudadanos también se ha abierto paso, como cambios irreversibles en barrios de distintos continentes.

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Madrid como problema

En los últimos tiempos, hay una sensación generalizada de hartazgo con Madrid que se extiende por todas las comunidades y regiones, siendo compartida por personas de muy distinta condición. Los dirigentes de la derecha madrileña se han empeñado en actuar al margen y de espaldas a eso que la misma derecha castiza denomina España, como unidad indisoluble en lo universal, pero que a la hora de la verdad han acabado por convertir en un circo al servicio de los caprichos de los líderes de la derecha madrileña.

Hace pocos años se decía un día tras otro que el problema de España eran Cataluña y el sistema autonómico. Incluso desde la derecha se proclamaba la necesidad de limitar al máximo el Estado de las autonomías y revertir al Gobierno central buena parte de sus competencias. Sin embargo, con la llegada de Isabel Díaz Ayuso a la Comunidad de Madrid, el PP ha encontrado un lugar desde el que hacer oposición sin miramientos al Gobierno de izquierdas presidido por Pedro Sánchez, impulsando una política ultraderechista feroz junto con Vox para reivindicar muchos de los postulados delirantes de Donald Trump a base de oponerse, rechazar, bloquear, exigir, boicotear, torpedear, impedir, obstaculizar y criticar todo aquello que se decide desde el Gobierno central y por el resto de las comunidades.

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Hablemos del Antropoceno

Atravesamos un momento sin precedentes en la historia de la humanidad y de la naturaleza, en el que la magnitud de los desequilibrios y transformaciones que se están produciendo nos está adentrando en un período incierto para todo el planeta. De hecho, la pandemia de covid-19 es una de las consecuencias aterradoras de muchos de esos desequilibrios, con interacciones novedosas sobre los ecosistemas locales que han llevado a la propagación de virus mortales, extendidos con rapidez en un mundo plenamente interconectado, para lo bueno y para lo malo.

Pero mientras hemos dedicado nuestra atención y energías a frenar el avance y el impacto de la pandemia, diferentes crisis preexistentes han seguido avanzando. Pensemos en cómo se están batiendo todos los récords de aumentos y variaciones de temperaturas en todo el mundo, con una temporada de huracanes en el Atlántico nunca antes vista ni en el número ni en la intensidad de los fenómenos registrados, con enormes incendios en zonas clave del planeta propagados por las alteraciones climáticas, con sequías, plagas y sucesos atmosféricos extraordinarios por todo el mundo, mientras los glaciares y casquetes polares desparecen y una cuarta parte de las especies están en riesgo de extinción en las próximas décadas.

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¿Cuando hablaremos de nuestras responsabilidades?

Estos días se ha cumplido un año desde que se conociera el primer caso en España por Covid-19. Fue un turista alemán aislado en un hospital en La Gomera, en las Islas Canarias. Por entonces, nadie sospechaba que habíamos entrado en un cambio histórico de escala global.

Desde ese momento, nada ha sido igual, el mundo ha entrado de lleno en una pandemia de graves consecuencias en todos los planos de la humanidad, cuyo final todavía no se adivina. Al tiempo que la enfermedad se expandía vertiginosamente, los gobiernos de todo el mundo tenían que hacer frente como buenamente podían a la situación epidemiológica y a la grave crisis sanitaria desencadenada, tratando de amortiguar, a su vez, sus efectos sobre una economía que se despeñaba por caminos desconocidos y en una sociedad atemorizada que vivía en sus carnes los efectos inmediatos en forma de desempleo, aumento de la pobreza, precariedad e incertidumbre. De un plumazo, nuestras casas se convertían en un espacio protector en el que pasamos buena parte de los días, desdibujándose un futuro que parece haberse desvanecido para vivir únicamente en un presente continuo. El coronavirus se ha hecho con nuestra vida y nuestra vida está marcada por el coronavirus.

En estos doce meses de pandemia, los ciudadanos hemos hablado de todos y hemos culpado a todos: al gobierno, a quien responsabilizamos hasta de la existencia del virus, y de una oposición que no ha dudado, desde el primer minuto, en utilizar el coronavirus y sus efectos para tratar de derribar y erosionar al ejecutivo; a los gobiernos autonómicos y la manera tan desigual que están teniendo en asumir sus responsabilidades; de sanitarios, médicos y hospitales sobrepasados por el huracán y a los que hemos condenado a atender con resignación los efectos de nuestras negligencias; de ratios, contagios y tasas de expansión; de la Organización Mundial de la Salud, de la Unión Europea y de la Agencia Europea del Medicamento; de los malvados chinos y de los mercados húmedos como el de Wuhan; de vacunas, empresas farmacéuticas y medicamentos; de mascarillas e hidrogeles; de la eficacia de los estados de alarma y los confinamientos; de la necesidad de los ERTE y subsidios a mansalva.

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Andorra como pretexto

Es cierto que a nuestro Gobierno se le acumulan los problemas, muchos de ellos de una profundidad inusitada, pero creo que la declaración pública del conocido youtuber “El Rubius”, afirmando que trasladaba su residencia a Andorra para evitar pagar impuestos en España, merecía una respuesta oficial por parte de algún responsable gubernamental, para hacer pedagogía social básica sobre el papel del Estado y la importancia de contribuir a su funcionamiento y financiación. Y no hablamos de algo menor en momentos en los que, desde todos los sectores, grupos económicos y colectivos se demanda la protección e intervención del Estado ante los daños causados por el coronavirus en nuestra sociedad.

El discurso neoliberal extendido de manera salvaje ha puesto en la diana de sus críticas al Estado, al que se acusa de todo tipo de males, proponiendo su reducción a la mínima expresión. Al mismo tiempo, desde quienes defienden con ardor estas políticas, consideran que es la empresa privada y son los mercados los que tienen que llevar a cabo buena parte de las acciones que en la actualidad desempeñan los Estados a través de los servicios públicos, mediante una asignación eficiente de recursos, un discurso sumamente perverso cuyos negativos efectos sufrimos con dureza durante la Gran Recesión.

De manera que, para estos paladines del capitalismo salvaje y despiadado, es la búsqueda del beneficio el objetivo que debe guiar la prestación de servicios esenciales, a los que se accedería pagando, de manera que solo aquellos que tienen recursos podrían beneficiarse. Todo ello, además, se complementa con uno de esos mantras tan dañinos que la derecha viene predicando de manera sistemática, convertido en dogma de fe, como es la bajada y eliminación de impuestos, un misil que de manera deliberada se lanza contra la línea de flotación del Estado, al vaciarle de recursos básicos para atender las demandas y obligaciones de servicios a la población. Curiosamente, como no paramos de ver, quienes defienden esto son luego los primeros en asegurarse suculentos sueldos del mismo Estado al que quieren dejar sin medios, favoreciendo a empresarios, amigos, familiares y compañeros de partido con todo tipo de subvenciones, ayudas, contratos y prestaciones públicas, financiadas eso sí por el Estado al que, como termitas, van carcomiendo y debilitando.

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El legado de Trump entre nosotros

Me pregunto qué habrá avergonzado más a los norteamericanos, si el asalto a la sede de su soberanía nacional o las características de la cuadrilla de frikis que lo protagonizó y que, a juzgar por las imágenes retransmitidas en directo, tenían la inteligencia justita para pasar el día. Patriotas les llamaban la familia Trump antes del asalto, ¿les suena? Y es que, contemplar a atacantes al Capitolio de la nación más poderosa del mundo portando su tarjeta de identificación colgada del cuello, fotografiándose llevando el atril de oradores que pocas horas después pusieron a la venta en una web de subastas por internet y sentándose en el sillón de la presidencia de la Cámara portando en la cabeza una cornamenta de búfalo no deja en muy buen lugar a los seguidores del todavía presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. No es de extrañar que, tras las imágenes del intento de golpe al Congreso que vimos con sorpresa en todo el planeta, el propio Trump rechazara con desprecio a los mismos atacantes a los que él había empujado a la barbarie, llamándoles “chusma”, que dicho por este personaje tan lamentable tiene su poesía.

            Ahora bien, el violento asalto al Capitolio, que dejó cinco muertos, incluyendo un oficial de policía, no fue un acto aislado ni la voluntad de una turba de tarados, ni mucho menos, sino un intento de golpe de Estado en toda regla instigado por Trump y su entorno, como culminación de un proceso basado en la radicalización social mediante el odio y el racismo, impulsando la ruptura de la sociedad y un continuado ataque a las instituciones políticas y democráticas en ese país. Para ello, se han utilizado las redes sociales y determinados medios de comunicación, con el apoyo de supremacistas blancos y ultraderechistas religiosos, construyendo una realidad a medida basada en mentiras, teorías conspirativas y falsedades continuadas que permitiera consolidar un proyecto basado en la violencia estructural, capaz de controlar el poder judicial para favorecer a las oligarquías blancas más acaudaladas y a las élites empresariales, a las que se han concedido rebajas de impuestos y bonificaciones, ¿les suena?

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Pobreza que duele

Decía Italo Calvino que las ciudades son un conjunto de muchas cosas, de memorias, deseos, signos de un lenguaje, lugares de intercambio que no son solo bienes o mercancías, sino también palabras, ilusiones y recuerdos. Pero las ciudades también acogen personas y objetos que convertimos en invisibles por la fuerza de nuestra indiferencia. Un ejemplo lo constituyen las personas que duermen en nuestras calles, en parques y jardines, en los zaguanes de comercios o dentro de los cajeros automáticos, lo que representa una gigantesca paradoja: quienes carecen hasta de un techo donde guarecerse duermen dentro de las entidades financieras que acumulan gigantescos recursos, a los pies de las máquinas automáticas expendedoras de dinero. Todo un sarcasmo.

Llegar a invisibilizar a todas esas personas que deambulan por las calles, arrastrando bolsas y carros con sus pertenencias, representa un ejercicio de impostura moral considerable. Es como cuando nos acostumbrarnos a no mirar la luz del Sol que está en el cielo cada mañana para no dañarnos por la intensidad de sus destellos. De la misma forma, preferimos no dirigir nuestra mirada hacia los sintecho, mendigos y transeúntes con los que nos cruzamos para no tener que asumir el gigantesco dolor y sufrimiento que cada una de estas personas encarnan, para no comprender el enorme fracaso social que supone que vivan en la calle ante la pasividad de instituciones y responsables públicos.

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Debates y controversias en la cooperación al desarrollo

Mi último libro, «Debates y controversias en la cooperación al desarrollo. Fondos privados de ayuda, acuerdos neocoloniales y ayuda a refugiados», (Alicante, 2020) sale a la luz publicado por la Universidad de Alicante, en su colección de materiales docentes.

Si algo demuestra este libro es que, la ayuda al desarrollo, lejos de construir, fortalecer o impulsar estructuras o procesos que den respuesta a las necesidades de las personas más necesitadas, con demasiada frecuencia las anula o desmantela bajo la lógica del libre mercado, del impulso a las empresas privadas y del avance de acuerdos comerciales asimétricos que reproducen dinámicas neocoloniales. Salvo en su versátil cooperación descentralizada, la débil cooperación estatal promovida por España ha ido incorporando con el tiempo un buen número de las prácticas internacionales más neoliberales y posibilistas, debilitando y dañando valiosas intervenciones con organizaciones y movimientos en países empobrecidos, al tiempo que erosionaba cualquier atisbo de razón crítica. Por ello es tan necesario repensar la teoría y la práctica de la ayuda al desarrollo, en lugar de seguir impulsando por inercias prácticas dañinas, como se exponen en este trabajo.

En este libro su autor reivindica la necesidad de análisis rigurosos del conjunto de procesos políticos, económicos, ecológicos y comerciales que están presentes en las políticas e intervenciones de la ayuda al desarrollo, reformulando en profundidad el significado de la solidaridad global para superar viejos paradigmas y muchas de las interesadas políticas fracasadas que la modelan. Para ello, hoy más que nunca, es importante insistir en la importancia de conceptos como justicia, libertad, emancipación, derechos y dignidad, que orienten unas políticas de ayuda al desarrollo que, con demasiada frecuencia, han olvidado estos principios, para tratar de ponerse al servicio del capital y dar más poder a las élites económicas. Sin esperanza, no hay futuro, y la ayuda al desarrollo tiene que ser constructor de un futuro esperanzador.

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Los saharauis esperan

En los últimos meses, se vienen sucediendo noticias llamativas en torno al norte de África que tienen a Marruecos como protagonista. Este país, que siempre ha llevado a cabo una política exterior extraordinariamente agresiva y provocadora, no está dudando en ampliar las tensiones en su área de influencia, tratando de utilizar todos los medios que tiene a su alcance.

​A la continua llegada de pateras hasta las Islas Canarias procedentes de las costas marroquíes, se suman varios incidentes protagonizados por aviones de su Real Fuerza Aérea que han hecho incursiones deliberadas en el espacio aéreo de España, junto a la anexión unilateral de aguas cercanas al archipiélago canario en litigio, que han pasado a ser consideradas de su propiedad como adscritas a su Zona Económica Exclusiva (ZEE), para lo cual ha ampliado el alcance de las 200 millas que reconocen los tratados internacionales a las 350 actuales, publicando tal anexión en su Boletín Oficial del Reino en plena pandemia, en el mes de abril. Al mismo tiempo, Marruecos mantiene cerradas sus fronteras con España, con la excusa del coronavirus, habiéndose negado a admitir la entrada de trabajadores marroquíes desde nuestro país, mientras no ha parado de reclamar millonarias ayudas de la UE para el control de sus fronteras, a la vez que ha anunciado la compra de armamento ultramoderno por cantidades muy elevadas a los Estados Unidos, como avanzados drones y aviones de combate F-35, emprendiendo diferentes incidentes militares al violar la zona de exclusión de Guerguerat, que conecta el Sáhara Occidental con Mauritania, declarada como desmilitarizada mediante acuerdo firmado con las Naciones Unidas por el Reino de Marruecos y el Frente Polisario.

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Uno de 26 millones

Escribir desde el convencimiento de que eres uno de los 26 millones de hijos de puta a los que, según altos militares retirados, hay que fusilar, no es muy estimulante. Pero también es cierto que solo soy uno más de todos esos millones de ciudadanos de este país a los que estos mandos del Ejército jubilados sueñan con quitarse de en medio en sus conversaciones golpistas.

​Resulta llamativa la cifra, ya que al representar a más de la mitad de la población dan por hecho que están en minoría, como les sucede en el Parlamento. Lo que no está tan claro es que este país tenga suficientes cunetas para enterrar a tanto fusilado, como ya pasó tras la Guerra Civil. Claro que estoy seguro de que entre los muchos amigos de estos militares ultraderechistas siempre habrá algún avispado promotor inmobiliario -emprendedores los llaman- que pueda comenzar a vender promociones de sepulturas con vistas al mar.

​Es desalentador saber que tanto dinero pagado para formar a estos altos cargos del Ejército ya retirados, con lo mejorcito de nuestras academias militares y de las escuelas de Altos Estudios de la Defensa y de Estado Mayor, no les ha servido, siquiera, para saber lo que es un Estado democrático y de derecho con un sistema parlamentario representativo, algo básico en los estudios de educación secundaria. Porque empeñarse en defender la necesidad de cambiar un gobierno que tiene la mayoría parlamentaria, por la fuerza de las armas, demuestra la nula cultura democrática y política que tienen generales y coroneles que juraron defender a su país y a sus habitantes.

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