
¿Cómo va el 3-30-300?





En los últimos días, se suceden las noticias que nos hablan de la destrucción que hemos emprendido y las graves amenazas que planean sobre el futuro. No me estoy refiriendo a la guerra en Ucrania, aunque pueda parecerlo, sino a otra contienda que la humanidad tiene abierta contra el planeta y la naturaleza, que está dañando de manera acelerada las condiciones que han hecho posible la vida de mujeres y hombres durante generaciones.
Es cierto que nos hemos acostumbrado a informaciones que nos hablan de estudios, investigaciones y sucesos inquietantes que demuestran hasta qué punto el impacto humano sobre el planeta está destruyendo y alterando las bases mismas de la vida y de la biosfera. Pero esta semana se han sucedido tantos testimonios de ello que ni siquiera hemos tenido tiempo de asimilarlos, inmersos como estamos en una guerra en Europa sobre la que sobrevuela el uso del arma nuclear. Sin embargo, los estudios que se han difundido estos días no pueden ser más pesimistas.
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Las explosiones provocadas en cuatro tramos de los gasoductos Nord Stream I y II bajo el mar Báltico representan un salto muy peligroso en la guerra que se libra en territorio europeo, con repercusiones muy graves y de consecuencias insospechadas en la tensión global.
En un escenario bélico tan delicado como el que vivimos, en el que se repiten amenazas de ataque nuclear por Rusia, se han destruido dos canalizaciones estratégicas vitales para el suministro de gas a Europa que, como estamos viendo con la crisis de suministro energético desencadenada, no van a poder reanudar el suministro en el futuro con independencia del resultado de la guerra ni será una carta para la negociación con las autoridades rusas en el marco de las sanciones impuestas. Europa se queda sin una de las fuentes de suministro energético fundamental sobre la que ha planificado su economía y pierde la posibilidad de exigir la reanudación del suministro de gas en función de la marcha de la guerra en Ucrania y el impacto de las sanciones impuestas a la Federación Rusa. Pero este país también ve destruida una infraestructura fundamental que permite exportar un recurso energético clave para obtener recursos fundamentales para su maltrecha economía.
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Afirmaba el presidente Macron hace pocos días, de manera solemne, en rueda de prensa tras la celebración del Consejo de Ministros, que había llegado “el fin de la abundancia”. Una declaración tan grandilocuente, realizada en un momento histórico como el que vivimos, suena al aviso de llegada de una catástrofe, cuando se hace en medio de una guerra a las mismas puertas de Europa, hablando de cortes de energía y posibles racionamientos disfrazados de “medidas de ahorro”, con un encarecimiento de productos básicos muy por encima de lo que pueden soportar familias y trabajadores, ante dificultades para abastecernos de energía y redistribuir la que tenemos entre todos los países europeos, cuando sufrimos problemas de suministro de materias primas y bienes esenciales, ante empresas que tienen que cerrar y familias que comienzan a acaparar leña ante un invierno repleto de incertidumbres.
Pero alguien debería de haber preguntado al presidente Macron de qué abundancia hablaba, porque para millones de europeos, sacudidos por la Gran Recesión generada durante la gigantesca crisis financiera que a duras penas pudieron mantenerse a flote no ha habido abundancia, sino pura supervivencia, por no hablar de los millones de trabajadores y desempleados más que también se han visto golpeados por los efectos económicos y sociales de la pandemia de COVID-19, cuyas consecuencias todavía perduran en algunos sectores. El conjunto de la clase media europea vive con lo justo, endeudada y trampeando como puede para salir adelante, mientras se explica que hay que gastar miles de millones de euros para enviar armas para la guerra de Ucrania, se anuncia pobreza, racionamientos, inflación desbocada, cierre de empresas y dificultades para el suministro energético.
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Mientras los incendios avanzan, las temperaturas alcanzan un año más máximos históricos y el agua del mar se vuelve puro caldo, surge a nuestro alrededor un nuevo negacionismo, que se suma a otros muchos que llevan tiempo poniendo en cuestión cualquier decisión basándose en puros disparates de barra de bar. En este caso, durante el verano ha irrumpido con fuerza negar cualquier atisbo de calentamiento climático, algo que está siendo utilizado sin ningún sonrojo por sectores de una derecha rancia, casposa y ultramontana que piensa que todo vale como munición partidista a la hora de atacar a sus enemigos políticos, aunque alimenten las llamas de la ignorancia y esparzan venenosas semillas de discordia.
Así lo afirmó el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid del PP, Enrique López, al declarar: “decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno en España”, en respuesta a unas declaraciones efectuadas por el presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez, en su visita a una de las zonas afectadas este verano por destructores incendios forestales, en Casas de Miravete, Extremadura. Claro que tampoco nos puede extrañar, cuando los responsables políticos de la Comunidad de Madrid han eliminado el concepto de “crisis climática” de sus programas educativos.
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Pocos veranos han sido tan extraños como el que vivimos este año los europeos. Con una guerra a nuestras puertas, tratando de recuperar las vacaciones tras vivir los dos últimos años atenazados por la pandemia, viendo a nuestro alrededor como muchos conocidos siguen cayendo contagiados como fichas de dominó, con una escalada inflacionista que ha llevado los precios de alimentos esenciales a niveles de artículos de lujo, escuchando avisos continuos de que el próximo invierno será muy duro e incluso podremos pasar frío por el corte del suministro de gas desde Rusia, padeciendo los efectos inequívocos de un cambio climático que está afectando a nuestras vidas y acelerando la quema de nuestro valioso patrimonio forestal, con un cansancio en la sociedad que empieza a tener costes visibles y acelerar situaciones de inestabilidad.
Ante un futuro tan inquietante, miremos donde miremos, solo nos queda vivir el presente. Es así que este verano lo vivimos como si hubiéramos subido a la cubierta del Titanic para bailar y beber, ajenos a esos icebergs que asoman por el horizonte. Y no es para menos. Hacía tiempo que la sociedad no acumulaba tanto sacrificio y dolor continuado, desde que en 2008 comenzó una gigantesca recesión mundial de la mano de una crisis económica y financiera de dimensiones cataclísmicas. Y cuando parecía que recuperábamos el aire, que abandonábamos tanto sufrimiento, nuevas catástrofes asoman por el horizonte sin darnos un respiro.
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Hay un país que, periódicamente, protagoniza la atención mundial por los tiroteos masivos que matan y hieren a decenas de sus ciudadanos, como si viviera en un estado de guerra, dejando más víctimas en cada uno de esos sucesos que muchos de los bombardeos que se registran en otros conflictos cada día. Sin embargo, mientras en estos lugares hablamos de una guerra, este país se presenta ante el mundo como la nación más avanzada y próspera, a pesar de las atrocidades continuadas que vive desde hace tiempo y que forman parte de su cultura, de una manera de ser que da más importancia a la posibilidad de comprar y llevar un arma que a la vida y seguridad de las personas.
En lo que llevamos de año 2022, en Estados Unidos se han registrado 332 tiroteos masivos, según el Gun Violence Archive, una organización independiente sin ánimo de lucro formada en 2013 para proporcionar información precisa sobre la violencia relacionada con las armas de fuego en los Estados Unidos a través de 7.500 fuentes policiales, mediáticas y gubernamentales. Esta organización define un tiroteo masivo como un suceso en el que cuatro o más personas son asesinadas por disparos de armas, y en los primeros seis meses de este año se han producido un promedio de once por semana, unas cifras escalofriantes, sin parangón en ningún otro país del mundo occidental.
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Hace pocos días se conocieron las últimas cifras sobre pobreza y exclusión social en España, difundidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE) a través de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), para el año 2021. Tratar de conocer los perfiles y la profundidad de la pobreza sobre nuestra sociedad no es una tarea sencilla, utilizándose para ello indicadores, series estadísticas y metodologías de distinta naturaleza, todas ellas con limitaciones y riesgos. Para valorar mejor los datos que se acaban de conocer, bueno es que tengamos en cuenta algunas precisiones técnicas iniciales que, si bien son de importancia para los investigadores que trabajamos con estas estadísticas, son particularmente importantes en este momento.
La Encuesta de Condiciones de Vida tiene la ventaja de ser una estadística armonizada que se realiza simultáneamente y con los mismos criterios en todos los países de la Unión Europea desde el año 2004, facilitando información sobre la renta, así como del nivel y composición de la pobreza y la exclusión social en todos los estados miembros, permitiendo la comparación a nivel regional y entre países de la UE.
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