Las cifras del hambre en un mundo desigual

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Algo va mal en el mundo cuando, por vez primera desde hace diez años, el hambre extrema crece hasta alcanzar a 815 millones de personas, de los cuales 155 millones de niños, menores de cinco años, padecen desnutrición crónica y otros 52 millones sufren desnutrición aguda que pone en riesgo sus vidas. Las cifras, que fueron presentadas oficialmente hace pocos días por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), cuando son tan abultadas e imprecisas, acaban por perder el alma y despojar de humanidad a quien realmente se encuentra detrás de ellas. Sin embargo, estas magnitudes son tan abrumadoras que no pueden llevarnos a la indiferencia, como habitualmente sucede.

Todo ello, además, cuando las Naciones Unidas y el conjunto de la comunidad internacional se propusieron en el año 2000 acabar para 2015 con el hambre en el mundo a través de los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), firmados solemnemente por 185 jefes de gobierno, pero que ante su fracaso han sido nuevamente renovados mediante los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que han alargado hasta el año 2030 este compromiso, suscrito ahora por los líderes de 193 países de todo el mundo. De manera que, lejos de avanzar en la reducción y eliminación del hambre en el mundo, estos acuerdos internacionales del máximo nivel y compromiso parece que no están evitando que el hambre y la pobreza retrocedan. Y sucede cuando los niveles de riqueza, acumulación y desigualdad mundiales alcanzan umbrales nunca vistos.

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Refugiados: propuestas tras el fracaso

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A dieciséis días de que finalice el plazo que Europa se dio para dar respuesta a la mal llamada crisis de los refugiados, que alcanzó su máxima intensidad hace dos años y que desembocó en el solemne acuerdo del Consejo Europeo sobre Migración suscrito en septiembre de 2015 por todos los presidentes de países europeos, para acoger la exigua cifra de 160.000 personas en dos años, en régimen de reubicación y reasentamiento, podemos ya hablar de deliberado incumplimiento de este compromiso. Y con ello, un descalabro que ha certificado la indolencia sobre refugiados y migrantes forzosos como consecuencia del incumplimiento de las obligaciones jurídicas derivadas del derecho internacional en materia de asilo y refugio. Y al Gobierno español le corresponde una parte de ese incumplimiento, en la medida en que de los 17.337 asignados, únicamente ha acogido a un 11% de ellos, 1.887 refugiados en los dos años en los que el acuerdo ha estado en vigor.

Más allá de insistir en el significado de este grave fracaso político que contribuye a debilitar la credibilidad del proyecto europeo ante sus ciudadanos y ante el mundo en unos momentos particularmente críticos, dañando los principios y valores fundamentales que alimentaron la creación de la Unión Europea y erosionando las obligaciones jurídicas y éticas de Europa en materia de solidaridad y derecho internacional, es importante que tratemos de reflexionar para reforzar nuestra capacidad de respuesta ante tragedias humanitarias como las que seguimos viviendo y sin duda se repetirán.

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Mi despedida de Radio Alicante

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Hace tiempo que comprendí la importancia de la gratitud. Es algo cada vez más esquivo, que a demasiados les cuesta practicar, a pesar de ser tan reconfortante y por si fuera poco, gratuito.

Los directivos de Radio Alicante / Cadena Ser han decido eliminar todas las columnas de opinión de la edición local del programa “Hoy por hoy”, entre ellas la mía, que llevaba cerca de diez años ininterrumpidos en antena todas las semanas. Los dirigentes de los medios de comunicación son muy libres de gestionar sus contenidos y, por tanto, nada que añadir. Es evidente que si estas columnas de opinión se eliminan es porque no gustaban, incomodaban o como eufemísticamente se le quiera llamar.

Mi colaboración en Radio Alicante se remonta a casi veinte años atrás, siempre desinteresada, esforzada y comprometida. A ello se suman otros cinco años de colaborador en las tertulias de la tarde de La Ventana Comunidad Valenciana. Ejercer la opinión libre, crítica y comprometida no es algo bien entendido por muchos y puedo decir que a lo largo de estos años ha habido muchísimas satisfacciones, aunque también momentos descorazonadores, episodios duros en los que muchos callaban lo que muy pocos decíamos en público aún a riesgo de descalificaciones y rechazos. Pero eso forma parte del compromiso personal que algunos hemos asumido libremente.

La decisión de eliminar estas columnas de opinión semanales se toma de forma un tanto cuartelera, sin darnos siquiera la oportunidad de despedirnos de nuestros oyentes, de muchos de los cuales hemos recibido tanto cariño a lo largo de todos estos años. Y como uno trata de ser educado y agradecido, aunque no le dejen hacerlo en la emisora en la que colaboraba desde hace cerca de dos décadas, lo hago por esta vía y dejando constancia de ello.
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Criminalizando a las ONG que salvan vidas

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A medida que la Unión Europea ha decidido no hacer frente a sus obligaciones jurídicas derivadas de la llegada de refugiados hasta sus países durante los últimos años, hemos asistido a la progresiva descomposición de los valores, principios y acuerdos fundamentales sobre los que se ha construido la Europa contemporánea.

Efectivamente, los gobernantes europeos han protagonizado una de las páginas más vergonzosas con su deliberado abandono a las personas necesitadas de protección internacional que escapaban de guerras tan crueles como la de Siria, cuyas horrorosas atrocidades han sido retransmitidas en tiempo real. Y así han dejado que cientos de miles de estos refugiados se abandonaran a la aventura de un viaje incierto, teniendo que pagar elevadas cantidades de dinero para conseguir un lugar en las frágiles embarcaciones que surcaban el Mediterráneo a la búsqueda de las costas europeas, acabando muchos de esos trayectos en naufragios y ahogamientos.

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Las ciudades y los inmigrantes

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Sacudidos como estamos en los últimos años por el drama de refugiados y migrantes forzosos que tratan de llegar hasta Europa en un continuo goteo de naufragios y muertes, parece que hayamos olvidado de nuestras preocupaciones la realidad cotidiana de muchos inmigrantes en nuestras ciudades y barrios, que luchan por abrirse paso ellos, aprendiendo a convivir y a ser nuevos ciudadanos en un país distinto, generando cambios y estrategias de supervivencia en la ciudad sobre la que están alimentando transformaciones de envergadura. Y es que los desplazamientos humanos en el mundo siguen siendo una realidad que viven con particular importancia las ciudades, contribuyendo así a transformar demográfica, económica, social, cultural y políticamente las zonas urbanas a lo largo y ancho del planeta.

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Anatomía política de una desigualdad sin futuro

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Si el crecimiento económico es la respuesta, hace tiempo entonces que la pregunta está mal formulada. Porque cuanto más insisten en decirnos que nuestra economía crece y la recuperación económica es un hecho, más cuenta nos damos de la cantidad de personas que se están quedando en la cuneta en este país.

Naturalmente que debemos alegrarnos de que la actividad económica recupere su vitalidad, pero de nada servirá un crecimiento sin redistribución, sin taponar la gigantesca brecha que la Gran Recesión ha abierto en una España que arrastraba importantes niveles de pobreza y desigualdad que la crisis ha arrojado al océano de la indiferencia. Porque para este Gobierno, los damnificados por la crisis ya no importan si nuestra economía crece.

Pero por mucho que nuestros gobernantes se empeñen en maquillar cifras, en utilizar de manera interesada las estadísticas o en ocultar aquellos indicadores desfavorables, el retrato que ofrece España en estos momentos no puede ocultar los altos niveles de pobreza y desigualdad alcanzados, que son de los mayores de la UE-28, una pobreza sin apellidos, porque todas las pobrezas son preocupantes.

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Sinhogarismo

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Uno de los exponentes más visibles y desalentadores de la exclusión social lo constituyen las personas que, careciendo de hogar y alojamiento, viven en nuestras calles, de manera temporal, permanente o de forma itinerante. Es lo que se denomina como “sinhogarismo”, un neologismo que está empezando a generalizarse para definir la situación de aquellas personas que no pueden acceder o conservar un alojamiento adecuado a sus circunstancias personales de forma duradera, capaz de proporcionar una convivencia estable, debido a razones económicas, barreras sociales o bien porque presentan dificultades para tener una vida autónoma. Este concepto presenta algunas ventajas respecto a otros, como transeúnte, sintecho, indigente o mendigo, ya que es mucho más preciso en la definición, eliminando valoraciones estigmatizadoras que no ayudan a comprender e intervenir sobre la problemática.
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No estamos, ni mucho menos, ante un fenómeno nuevo, si bien nuestras ciudades registran un aumento de personas que duermen y viven en las calles en los últimos años, debido a los dañinos efectos generados por las políticas de ajuste aplicadas durante la última gran crisis, particularmente en países del Sur de Europa, junto al aumento y la extensión de fenómenos novedosos de vulnerabilidad social. De esta forma, la situación de quienes viven en nuestras calles de manera habitual ha desbordado los perfiles tradicionales de personas en situaciones de marginación, extendiéndose a otras muchas que han perdido sus viviendas por desahucios, a mayores de 45 años que han sido despedidos y no encuentran empleo, a inmigrantes que no pueden renovar sus permisos o regularizarse, así como a otras personas que por diferentes causas pierden sus redes familiares, por señalar las más destacables. Así, cuantas más personas duermen en nuestras calles, más fallos y deficiencias presenta nuestra sociedad por haber llevado a estas personas a situaciones extremas, sin ofrecerles posibilidades para que puedan vivir con un mínimo de dignidad. Seguramente por ello, muchos ayuntamientos prefieren mirar para otro lado, sin reconocer el fracaso que supone que dentro de los cajeros de muchos bancos o en sus parques y jardines haya personas malviviendo en estas condiciones, como si formaran parte del mobiliario urbano.
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Portugal, adelantando por la izquierda

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Durante la celebración esta semana de la XXIX Cumbre Ibérica en Vila-real, el presidente Mariano Rajoy pronunció un discurso ante el mandatario portugués, el socialista Antonio Costa, en el que afirmaba que España se situaba a la cabeza de los países del Euro, presumiendo sin miramientos de resultados económicos, olvidando por completo que se lo decía a uno de los países que en estos momentos recibe elogios y felicitaciones unánimes por sus logros económicos y sociales, hasta el punto de haberse convertido en la sorpresa de Europa. Es lo que tiene, señor Rajoy, vivir desde hace años de espaldas a la realidad repitiendo frases vacías.

Algo así como si el seleccionador de fútbol francés presumiera ante el combinado luso de ser uno de los mejores equipos europeos, olvidando que Portugal se impuso a Francia (1-0) el pasado mes de julio, ganando su primera Eurocopa. Y no es solo eso. La reciente victoria de Portugal en Eurovisión sorprendió no tanto por el galardón obtenido, sino por haberlo hecho con una canción melódica en portugués, francamente hermosa, reivindicando sin miedo la belleza de su cultura. Además, desde enero de este año un portugués, el expresidente socialista António Guterres es el nuevo secretario general de Naciones Unidas, elegido hasta diciembre de 2021 por aclamación de su Asamblea General. Y es que parece que a Portugal últimamente todo le sale bien.

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La era de la desigualdad

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El fenómeno de la desigualdad ocupa un espacio cada vez mayor en los discursos políticos, en los trabajos académicos y en las preocupaciones de numerosas instituciones nacionales e internacionales. El magnífico libro del economista francés Thomás Piketty tuvo la capacidad de poner el foco en un tema que no había merecido hasta entonces la atención requerida, sumando al estudio de la desigualdad, además de a sociólogos y economistas, a psicólogos, politólogos, filósofos, geógrafos, arqueólogos e incluso físicos, que con distintas perspectivas están desvelando la importancia de las causas, consecuencias y alcance de uno de los fenómenos contemporáneos más importantes. De hecho, en estos momentos en el buscador académico Scholar Google se pueden encontrar más de 3.100.000 referencias internacionales en inglés sobre desigualdad, junto a otras 421.000 en español.

Pero a medida que el concepto de desigualdad se generaliza entre responsables políticos, institucionales y de organizaciones sociales, la retórica hueca y las imprecisiones, cuando no las confusiones, aparecen mezcladas, alimentando con ello una peligrosa demagogia populista que poco ayuda a intervenir sobre un problema tan complejo. Con frecuencia, muchos no tienen claro el significado e impacto de la desigualdad, mezclando la desigualdad económica, de renta o patrimonial. Además, se habla de pobreza y desigualdad como si fueran conceptos idénticos, cuando hay países ricos con sociedades profundamente desiguales, como sucede en Estados Unidos, por ejemplo, exigiendo estrategias diferenciadas de intervención en cada caso. De hecho, escuchamos con cierta frecuencia a personas que utilizan, como si fueran conceptos idénticos, procesos nítidamente distintos como son la desigualdad, la pobreza, la injusticia, la iniquidad, la discriminación, la redistribución, la exclusión o la vulnerabilidad.

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La ciudad educadora

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De la misma forma que la actividad económica no puede estar a merced de los intereses especulativos y las fuerzas del mercado, tampoco podemos dejar la conciencia colectiva abandonada a los caprichos de las inercias sociales y los narcisismos comunitarios. Las virtudes ciudadanas son cualidades que requieren de un aprendizaje para poder construir una convivencia respetuosa con los demás, cobrando particular importancia en las ciudades, el espacio comunitario por excelencia.

En tiempos donde se reivindican el individualismo, el egoísmo y los intereses personales como bandera, la cultura de la ciudadanía cobra especial relevancia como forma de entender la política, la democracia y nuestra relación con los demás, algo que exige que sepamos conjugar dos planos fundamentales que tenemos que hacer compatibles en nuestras sociedades democráticas, como son las opciones personales y las decisiones colectivas, sometidas al necesario diálogo social pero también bajo la imprescindible regulación legal. El problema es que hoy en día, nuestros gobernantes creen que la simple aprobación de leyes, reglamentos, decretos y normativas generan automáticamente cambios sociales y transformaciones en las conductas de las personas bajo amenaza de severas sanciones, sobre todo en el ámbito de los comportamientos ciudadanos. Y todo ello porque se renuncia cada vez más al papel del diálogo como herramienta política imprescindible para la construcción de una ciudadanía comprometida y a utilizar la pedagogía social como mecanismo para generar cambios colectivos.

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